La Humanización de la Naturaleza

Humanizar: Hacer humano, familiar y afable a alguien o algo.

Naturaleza: Conjunto de todo lo que existe y está determinado y armonizado en sus propias leyes.

Hace un par de años tuve la ocasión de leer en un diario local el relato del encuentro entre unos excursionistas y un zorro en los Picos de Europa. En él se describía como un grupo de varios montañeros se encontró a un zorro malherido en las inmediaciones de la Vega de Ario. Los bienintencionados excursionistas no dudaron en recoger al zorro y, envolviéndolo en una manta de supervivencia, se turnaron para bajarlo en sus brazos hasta la carretera. Allí dieron aviso al 112 y el zorro fue recogido por la guardería del Parque y transportado a un centro de recuperación de la fauna salvaje. La redactora concluía satisfecha su artículo alabando a los excursionistas, que interrumpieron su día de senderismo por una buena causa.

La lectura de esta noticia me hizo imaginar cómo habría sido ese mismo encuentro hace una o dos generaciones. Por desgracia, mi imaginación no es tan poderosa como para remontarme más en el tiempo. Hace una generación, allá por los primeros años 90 del siglo pasado, muchos de los que andábamos por el monte lo hacíamos calzando unas cletas y vistiendo un pantalón de chándal y un forro polar de colores chillones. Sí, por aquel entonces, Decathlon no había llegado a España o, al menos, a la España donde yo vivía.

Como decía, si el encuentro se hubiera producido a principios de los 90, probablemente se habría resuelto con una cierta curiosidad inicial, al encontrar los montañeros a un animal que no huía ante la presencia del hombre, pero poco más. Las montañas estaban ahí, los montañeros venían de lejos como para detenerse más de lo imprescindible por un animal abundante y que, además, probablemente no iba a durar mucho. No se podía hacer nada por él, había que hacer cumbre.

Hace dos generaciones, allá por los años 60, el encuentro se habría desarrollado de forma muy diferente para el desdichado zorro. Por aquel entonces, la presencia montañera en la zona era mucho menos frecuente que hoy en día y es probable que el humano que topara con el animal hubiera sido un pastor. En este caso, el zorro bien podría haber encontrado una muerte mucho más rápida bajo la vara del pastor. Después de todo, un zorro no dejaba de ser percibido como una alimaña que competía con el hombre en un medio duro y con recursos muy limitados. El pastor sabía muy bien, y por experiencia propia, lo que ocurría cuando un zorro entraba en un gallinero.

Más allá de la verosimilitud de estos encuentros imaginarios en nuestros queridos Picos, de lo que no cabe ninguna duda es de que, en ninguno de los dos casos, el encuentro se habría publicado en la prensa. Habría sido una historia carente de todo interés, tanto para los periodistas como para el público. Qué ha ocurrido entonces en estas dos generaciones para que la mentalidad colectiva haya cambiado tanto.

Pese a que la realidad natural sigue siendo muy parecida, nuestra visión de ella es muy diferente. Hoy un zorro sigue siendo el mismo cánido salvaje, abundante y de comportamiento astuto que antes, pero ya no es visto como un depredador de gallinas o un recurso peletero. A veces, ni siquiera es visto como un hermoso animal salvaje de cuya observación en su hábitat natural se puede disfrutar. En cambio, el zorro es visto, cada vez más, como un ser que tiene derechos, que es merecedor de un trato digno y al que no se puede moralmente denegar el auxilio. En definitiva, es visto y tratado como un ser humanizado.

Los excursionistas del artículo actuaron con el zorro probablemente como lo habrían hecho con un montañero accidentado. Guiados por un sentimiento de compasión, como muchos habríamos tenido, no reconocieron que el zorro es parte de un conjunto mucho mayor. Es un animal salvaje que forma parte de un ecosistema en el que tiene una función, desde antes incluso de su nacimiento y hasta después de su muerte. Es parte de un sistema en el que las diferentes especies vegetales y animales, incluido el hombre que en él habita, se han adaptado a vivir entre si y a las condiciones impuestas por un medio natural concreto, en este caso la montaña cantábrica.

El zorro pertenece a ese ecosistema, su vida y su muerte no son gratuitas ni aleatorias, muy al contrario, son necesarias y forman parte de un esquema superior. Viviendo, controlará las poblaciones de las especies de las que se alimenta. Muriendo, alimentará con su cuerpo a otras especies carroñeras de los Picos, a insectos necrófagos, a hongos descomponedores y, finalmente, parte de su cuerpo enriquecerá el suelo. Todas estas especies dependen en una pequeña, pero importante medida, de que el zorro siga su curso natural. Rescatando al animal de su más que seguro fin y extrayéndolo del medio al que pertenece estamos alterando las relaciones naturales en un ecosistema que muchos, incluidos los propios excursionistas, valoramos, disfrutamos y pretendemos conservar.

Interactuamos con la naturaleza atribuyendo a los seres naturales sentimientos y cualidades humanas. Sentimos compasión por el pobre zorro herido. Nos sentimos bien cuando lo "rescatamos" y muchos de nosotros aplaudimos este tipo de comportamientos. Es comprensible, todos somos en gran medida fruto de la cultura de la sociedad en la que nos educamos y vivimos. En este aspecto, la sociedad actual occidental es única. Casi todos hemos visto películas o dibujos animados en los que animales humanizados llevan vidas más humanas que las de algunos de nosotros: hablan, visten ropas, van a trabajar, y hasta son buenos amigos de sus depredadores naturales.

A muchos nos resulta difícil soportar imágenes de depredadores cazando en su entorno natural, aprovechándose de la debilidad de sus presas, muchas veces enfermas o inmaduras. Las consideramos crueles y violentas. Simpatizamos con el cervatillo recién nacido, pero no con los lobos que vienen a devorarlo. No nos damos cuenta de que si no cazan, también ellos y sus lobeznos perecerán de hambre y agotamiento. En cambio, soportamos sin pestañear escena tras escena de violencia humana en la pantalla. En este sentido, Disney ha hecho un flaco favor a la humanidad.

Con frecuencia decimos o escuchamos frases calificando a la naturaleza como cruel o despiadada. La naturaleza, entendida como los seres y los ecosistemas naturales, raras veces tienen la ocasión de decidir sobre su comportamiento. La naturaleza es un sistema extraordinariamente complejo, pero mecánico. Por lo tanto, es tan absurdo hablar de la bondad o maldad de un lobo matando a una cría de venado, como de la crueldad de la gravedad terrestre cuando un alpinista se mata al despeñarse por una montaña. Sin embargo, insistimos una y otra vez en esos pensamientos. No podemos evitar sentir compasión cuando vemos a un zorro en la nieve, temblando mientras agoniza. No podemos sencillamente pasar de largo. Sentimos que tenemos que hacer algo. Nos ponemos en la piel del zorro, lo humanizamos.

Si este fenómeno de humanización de los seres salvajes se combina con una imparable urbanización de la población actual, el resultado es una enorme distorsión en nuestra relación con la naturaleza. En todo el planeta las sociedades son cada vez más urbanas y menos rurales. Interactuamos a diario con pantallas, teclados, máquinas y cada vez menos con la tierra, los árboles y los animales salvajes. Hoy, una parte importante de nosotros podría perfectamente vivir toda su existencia sin experimentar contacto con un medio natural, y algunos puede que ni lo echasen de menos. Este distanciamiento de la naturaleza propicia su desconocimiento y potencia aún más su humanización.

Como era predecible, y también relató la prensa unos días después de su "rescate", el zorro murió en el centro veterinario al que había sido llevado. Su cuerpo, por desgracia, acabaría inútilmente incinerado o en un vertedero, lejos del ecosistema al que pertenecía.

Ce n'était qu'un renard semblable à cent mille autres. Mais j'en ai fait mon ami, et il est maintenant unique au monde

Le Petit Prince, Antoine de Saint-Exupéry.

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