La Naturaleza como Terapia

Terapia: Tratamiento de una enfermedad o cualquier otra disfunción.

Naturaleza: Conjunto de todo lo que existe y está determinado y armonizado en sus propias leyes.

Hace unas semanas, fui hasta las inmediaciones de Sotres, en los Picos de Europa, con la intención de dar un paseo por la naturaleza y hacer unas fotografías. El día estaba cubierto, hacía un viento frío y llovía por momentos. Dejé el coche cerca de Sotres y caminé por la pista de Áliva hasta las Vegas de Sotres. Por el camino, tanto a la ida como a la vuelta, fui parando en diferentes lugares intentando sumergirme en la naturaleza, sentir su ritmo y encontrar composiciones que pudiesen transmitir esa conexión emocional de la que tanto hablaba Galen Rowell. Buscaba crear fotografías que fueran capaces de transmitir a quien las viera las sensaciones de estar allí.

A la vuelta, a diez minutos de donde había dejado el coche, encontré una poza del río Duje cerca de la Peña de Fresnidiello que me pareció muy sugerente. Di varias vueltas alrededor y busqué varios encuadres hasta que encontré uno, justo encima de la poza, que me gustó. La Cuchilla de Fresnidiello se mostraba de canto, aparentando ser una esbelta aguja que se erguía hacia un cielo gris perturbador. Las nubes la envolvían por momentos, arropándola y manteniéndola en un halo de misterio, como si quisieran proteger la desnudez de la roca de miradas indiscretas.

Afiancé el trípode junto al río, tan bajo como pude, y monté el objetivo de focal más corta que disponía, un 21 mm. Esta combinación me permitía encuadrar la peña, las laderas bajo ella y la poza del río. La escena era fría, cruda, casi desoladora. Abrí el paraguas para proteger a la cámara de la lluvia y me senté junto a ella en una piedra.

A partir de ese momento, el tiempo se ralentizó. Lo que para mí fueron, a lo sumo, diez o quince minutos, resultó ser una hora abundante para el resto del mundo. A pesar de estar lloviendo sobre mí y llevar varias horas deambulando por la montaña, no experimenté frío, ni hambre o sed. Al contrario, el sentimiento que me dominaba era de un armónico bienestar. Sentía una agradable sensación de serenidad y plenitud, una fusión con el medio en el que me encontraba. El baile cíclico de las nubes, entrando y saliendo de entre las peñas, resultaba hipnótico. La lluvia, lejos de molestar, era bienvenida como elemento esencial que alimenta la tierra. Todo me hacía sentir más vivo que nunca, parte de un sistema natural.

Tantos días bajo techo o sobre pavimento, rodeados del confort artificial que hemos creado, nos han hecho olvidar la naturaleza en la que vivimos y de la que dependemos: Viviendas climatizadas, agua potable abundante con solo abrir un grifo, servicios sanitarios con agua caliente, vehículos para desplazarnos a voluntad sin esfuerzo, abundancia de comida suculenta siempre disponible, ¡si hasta nos recogen la basura todos los días!

En el mundo urbano en que la mayoría vivimos, el agua ya no es lluvia, nieve o un arroyo de montaña, sino una utilidad que brota de un grifo o una ducha a voluntad. El hambre ya no es tal, tan solo es la gana de disfrutar de sabores que nos dan placer. Los alimentos ya no son otros seres vivos a los que arrebatamos la vida para mantener la nuestra, sino objetos envasados que compramos en un supermercado. El frío y el calor ya no son sensaciones sobre las que tomar decisiones vitales, se limitan a sensaciones ocasionales que apenas dan sentido a los comentarios sociales que hacemos en el ascensor o al llegar al trabajo. Es cierto que millones de personas en el mundo viven en condiciones muy diferentes de estas, pero la vida de la mayoría de los ciudadanos urbanos del mundo desarrollado tiene estas características, en mayor o menor grado.

Hasta hoy, el concepto de desarrollo ha estado íntimamente relacionado con controlar y transformar la naturaleza para nuestro confort y seguridad. En el proceso nos hemos distanciado tanto de la naturaleza que ni reconocemos nuestra esencia animal. Nos hemos desnaturalizado. Y es precisamente en situaciones como la ocasionada por la pandemia de SARS-CoV-2 cuando mejor se aprecia esta desnaturalización. La respuesta de la sociedad, al menos de la occidental, ante la pandemia es la de perplejidad ante un fenómeno tan natural como ajeno a nuestras controlables y predecibles vidas urbanas. Convencidos de nuestra capacidad para modificar la naturaleza, con la arrogancia de dioses, nos creemos capaces de controlar un fenómeno natural, como es una epidemia, que poco a poco nos está poniendo en nuestro lugar. Y este no es otro que el de un primate oportunista, con un éxito biológico extraordinario,  al que los ecosistemas no pueden soportar. Por muy desarrolladas que sean nuestra inteligencia y nuestra tecnología, tan solo somos una especie animal que no puede escapar a las leyes de la naturaleza y que, tarde o temprano, dejará su lugar hegemónico a otra especie.

Aquel día, la conexión física y emocional con la naturaleza me hizo sentir más vivo que nunca. Sentir el frío en el cuerpo, el dolor en las yemas de los dedos y la lluvia en la cara, me hizo conectar físicamente con la naturaleza. Contemplar el paisaje, imperturbable en la escala temporal humana, y el fluir de los fenómenos naturales, me hizo sentir parte de la naturaleza y conectar emocionalmente con ella.  Por unos momentos, la naturaleza curó el daño que las semanas de vida civilizada habían acumulado en mi espíritu. Por desgracia, era tiempo de volver al coche, había que retornar a la ciudad.

Often when I walked alone in the mountains, I tried to make sense out of the two halves of my life. What went on in the city during the week seemed chaotic and unrelated to the events in my mountain world.

Galen Rowell.

Un comentario sobre La Naturaleza como Terapia

  1. Has descrito el sentir del hijo que ha abandonado a la Madre en su camino, y que de vez en cuando añora los rudos y a la vez cariñosos brazos de ella, porque sabe que al final del camino ha de volver a sus raices, a formar parte de la Madre Tierra.
    Bravo por esta gran reflexion.

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