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Ejemplar de Clathus archeri, seta dedos del diablo, en un hayedo cantábrico.

Mi motivación para hacer y compartir fotografías es sentimental, son mis sentimientos hacia el mundo natural que observo lo que me mueve a buscar una composición. En raras ocasiones realizo fotografías documentales, pero esta merece la pena, pues llega tras una búsqueda bastante larga y me permite contar una pequeña historia.

Es difícil pasar por alto al hongo Clathus archeri, con sus brazos extendidos y sus llamativos colores, cuando ves uno no lo olvidas. No es una seta más. El hongo fue descrito por primera vez en Tasmania, en 1859, y parece ser originario de Australia y Nueva Zelanda. Se trata de un hongo descomponedor, cuyo hábitat original son los bosques de eucaliptos y notófagos (árboles caducifolios del hemisferio sur emparentados con las hayas). Su cuerpo fructífero tiene un aspecto amenazador, da la sensación de que podría cerrar sus brazos para atrapar a sus presas en cualquier momento, y desprende un olor a carne podrida que atrae a moscas que le ayudan a dispersan sus esporas. Su nombre común tampoco es muy tranquilizador: dedos del diablo.

Clathus archeri parece una especie llegada de otro mundo, un alienígena, y en cierta medida lo es. Su presencia en Europa está documentada a partir de 1914, en Francia e Inglaterra, y de una forma un tanto romántica se relaciona con la primera guerra mundial. Se especula que sus esporas podrían haber llegado con las tropas ANZAC que vinieron a combatir a los frentes europeos. La realidad podría ser mucho más prosaica, ya que las tropas australianas y neozelandesas no pusieron pie en Europa hasta dos años más tarde, en 1916. Lo más probable es que sus esporas llegaran en buques cargueros con mercancías provenientes de las antípodas. Desde entonces se ha ido distribuyendo por los hábitats húmedos del continente, entre ellos la cornisa cantábrica.

Esta pequeña historia ilustra como nuestra actividad afecta a los ecosistemas de maneras indirectas y accidentales. Somos una especie con difusión global y con nuestra actividad movemos, no solo personas, sobre todo mercancías por todos los continentes del globo. La lista de especies invasoras que accidentalmente hemos introducido en ecosistemas es inmensa: el mejillón cebra, el mosquito tigre, el picudo rojo, la avispa asiática, el plumero de la pampa, por citar unos pocos. Estas especies pueden alterar profundamente los ecosistemas en los que se introducen, al alimentase de especies autóctonas que no disponen de mecanismos de defensa frente al nuevo depredador o, sencillamente, compitiendo por el alimento o el hábitat con otras especies autóctonas.

Datos técnicos: Canon EOS R5, RF 14-35 f/4 L, apilado de 3 exposiciones.

Galería Bosques y arroyos de montaña.

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